Ilia y Ced caminaban por el bosque a la orilla de un río sin hablar mientras sus caballos pastaban no muy lejos de allí. Finalmente, ambos se pararon y miraron el río silenciosamente hasta que Ced pensó que ese silencio ya duraba demasiado.
- Bueno - dijo mientras miraba a su compañera - ¿qué te ha parecido tu decimosexto cumpleaños?
- Genial. Ha sido genial. Gracias por renunciar a la clase de hoy
- Es tu cumpleaños, Ili... reuniones como esa habrá más. Nadie te obligaría a aguantar algo que no te gusta hoy.
Sus miradas se encontraron e Ilia vio en los ojos de Ced comprensión... y un poco de reproche. Pero, ¿qué iba a hacer ella? Tampoco era su culpa que una de las cosas que más le gustaran a él fuera una de las que más detestara ella.
Habían pasado muchas cosas en los últimos 6 años. Ilia necesitó meses para conseguir tranquilizarse del todo y volver a comportarse como si nada hubiera pasado, meses en los que Ced no se separó de ella ni un solo instante. Aunque tampoco era que estuvieran mucho más separados antes.
Cuando más había cambiado todo fue en los últimos años. Ya no eran niños y el momento en el que tendrían que sustituir a sus padres se iba acercando y eso significaba que tenían que aprender ciertas cosas.
Realmente, no eran tan especiales. La mayoría de los jóvenes de su edad también habían empezado a dar ciertas clases como la lucha con espadas, algo que a Ced le había entusiasmado desde pequeño y ahora también era el mejor de su edad; mientras que Ilia se mostraba reticente a avanzar.
No era que se le diera mal, más bien se trataba de que no le gustaba. No se veía capaz de atacar a nadie y mucho menos de matar, por mucho que fuera un Zunnit.
-¿No recuerdas lo que intentaron? - solía decirle Ced - ¿No te gustaría vengarte por ellos?
-Recuerdo perfectamente. Y no llegaron a hacerme nada, de modo que no tengo que vengarme de ninguna forma.
- ¿Y todos los que han muerto en las batallas? ¿No crees que debemos luchar por eso?
-Déjalo, Ced...
- Ilia, tienes que buscar un motivo para luchar y hacerlos. Y hay varios para elegir.
- Te he dicho que lo dejes. No quiero hablar más de esto, por favor...
Esa era su típica discusión, él atosigándola para que mejorara y ella mostrándose reacia a aceptar la idea de matar a alguien. A pesar de eso, seguían apoyándose el uno al otro en todo. Por eso Ced renunció a ir a una clase especial de espada con los mejores guerreros de todas las aldeas solo por celebrar el cumpleaños de su amiga. Le habían propuesto que fuera con ella, sí, pero él sabía que no era algo que a Ilia le fuera a gustar y mucho menos aquel día.
Por fortuna, ese era el único punto en el que las opiniones de Ced e Ilia chocaban. También habían empezado a dar alguna que otra clase de magia con el hechicero de su aldea, Abraham, y a ninguno de los dos les entusiasmaba demasiado. Sí, desaparecer en un sitio y aparecer en otro en menos de un segundo puede parecer muy divertido, pero deja de parecerlo cuando te pasas días intentándolo y como mucho apareces un par de metros más lejos, cansado, mareado y con ganas de vomitar. Tal vez teletransportarse fuera más rápido, pero los caballos sin duda eran bastante más cómodos.
Habían aprendido a montar años antes y desde entonces prácticamente todos los días cogían los caballos para dar un paseo por el bosque como hacían desde pequeños.
- Ya está anocheciendo - anunció Ilia, mirando al cielo
- Tenemos los caballos, podemos quedarnos un poco más todavía - Ced sonrió un poco y abrazó a su amiga. - No te sientas mal por lo de la clase, prefiero mil veces estar aquí contigo.
Ilia sintió como se le aceleraba el pulso. No era raro que Ced la abrazara de vez en cuando, pero en los últimos meses, cada vez que Ced rozaba cualquier parte de su piel, el pulso de ella se aceleraba mientras sentía como se sonrojaba ligeramente y esperaba que él no se diera cuenta.
Se separaron y empezaron a caminar hacia los caballos con paso lento y hablando de cualquier tema sin importancia, cuando llegaron a los caballos cada uno montó en el suyo. Ya encima del caballo, Ced la miró con una sonrisa en los labios
- Te echo una carrera hasta los establos.
Y sin dejar que contestara, echó a cabalgar al galope con su caballo mientras Ilia espoleaba con prisas a su yegua para seguirle mientras reía. Cuando ambos estaban a la misma altura se miraron y un instante después, Ilia logró adelantarle y llegaron al establo.
- Te gané - dijo Ilia mientras bajaba de un salto al suelo
- Tengo que admitirlo, vas mejorando
Ilia se miró seriamente un segundo
- No me habrás dejado ganar por ser mi cumpleaños, ¿no?
- Ili... - Ced pasó un brazo por encima del hombro de su amiga - No te dejaría ganar ni aunque fuera el fin del mundo.
Entraron riéndose en el establo para dejar a los caballos en sus cuadras. Les cepillaron el pelo y les dieron un poco de azúcar, justo cuando estaban a punto de irse, una voz les llamó a sus espaldas y ambos se giraron
- Hola, July - saludó Ilia
July por su parte se acercó a ellos y acarició las orejas de uno de los caballos. Durante los últimos años su cara se había ido llenando de pecas, pero le sentaban bien con su trenza pelirroja y sus ojos verde oliva.
- Sabía que teníais que venir por aquí... siempre sois los últimos en dejar los caballos.
- Hay que aprovechar la tarde - dijo Ced sonriendo - ¿Tú has estado aquí todo el rato?
- Sí, pero Mike me ha estado haciendo compañía. Él se fue hace poco.
- Nosotros también tenemos que irnos... te prometo que mañana pasaré toda la tarde contigo - dijo Ilia, sintiéndose un poco culpable
Las amigas se despidieron con un abrazo y una sonrisa y July fue a su casa mientras Ced e Ilia caminaron hacia las suyas
- Sólo son niños - replicaba Silvanna
- Ya no. Tienes que asumir que están creciendo y necesitan aprender - respondió secamente su marido.
- Pero...
- 16 años es la mejor edad para que empiecen a adentrarse en esto - dijo Lettie y miró a la otra mujer - A mi tampoco me gusta esto, pero no hay otra opción, Silvanna
Ella por su parte suspiro y contuvo las lágrimas
- Intentaron matar a Ilia... - susurró
- Por eso es mejor que esté preparada.
Los cuatro quedaron en silencio. La decisión ya estaba tomada. Lo estaba desde hacía años, aunque eso no significaba que a todos les gustara.
En ese momento llegaron Ced e Ilia
- ¿Pasa algo? - preguntó ella, mirando a su madre, aunque esta le esquivaba la mirada.
- Venid - contestó llanamente el padre de Ced.
La reunión fue una mera introducción para ellos dos. Las cosas básicas que debían hacer y normas que debían cumplir a toda costa. Sin embargo todo tenía un significado más profundo para ellos. Acababan de dar el último paso. Aprender a luchar con espada, un poco de magia; eso habían sido los movimientos iniciales para llevarles a algo más grande como era formar parte en las reuniones que dirigían la aldea.
Cuando la reunión terminó, los dos se quedaron a solas en el desván uno al lado del otro sin decir nada. Unos minutos después Ced miró a Ilia y cogió su mano.
- Estaremos juntos. Pase lo que pase.
Tal vez no era demasiado, pero en aquel momento esa idea les proporcionaba una enorme tranquilidad.
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Pequeño rincón para mis pequeñas locuras mentales. Historias o pequeños relatos. Se admite cualquier crítica siempre que sea para mejorar
miércoles, 13 de noviembre de 2013
lunes, 11 de noviembre de 2013
Analya. Capítulo 1.
Caminaba sola por el bosque, entre árboles y matorrales. El cielo se estaba oscureciendo y en menos de una hora ya sería completamente de noche.
Tal vez debería tener miedo, cualquier otra niña de 10 años que estuviera sola en un gran bosque y cuando quedaban pocos minutos para que anocheciera, seguramente, tendría miedo. Pero ella no. Conocía aquel bosque como la palma de su mano y sabía con exactitud dónde estaba y como salir de allí. Era una de las ventajas de sus escapadas al bosque desde que tenía unos 5 o 6 años.
Siguió caminando en línea recta, apartando las ramas más bajas de los árboles. No podía estar muy lejos...
- ¿Ced? - preguntó, aunque ya sabía que nadie iba a responder.
Siguió caminando, cada vez con menos esperanzas en encontrarle. Al fin y al cabo, nunca lo hacía. Llegó a un claro y suspiró, se estaba haciendo demasiado tarde y aunque conociera bien el bosque, seguía siendo peligroso estar allí por la noche. Ya sabía que tenía que hacer ahora, aunque saberlo no lo hacía más fácil.
- ¡Ced, me rindo!
Casi al instante escuchó una carcajada proveniente de uno de los arbustos que tenía a su lado y tan solo un segundo después, un despeinado chico con el pelo castaño oscuro corría a su lado.
- ¿Cuánto tiempo has estado siguiéndome? - preguntó ella
- Solo los últimos 5 minutos - contestó Ced, sonriendo. - Después llegaste aquí y, he estado esperando a que te rindieras. Admítelo, nunca me ganarás jugando al escondite en el bosque.
- Eso ya lo veremos... - dijo ella, un poco enfadada por haber vuelto a perder en aquel juego.
- Venga, no te enfades, Ili - le dio un cariñoso golpe en el brazo - Vamos a beber agua al río y volvamos a la aldea antes de que anochezca.
Sin esperar a que contestará, Ced ya empezó a caminar dirección al río y su amiga no tuvo otra opción que seguirle corriendo.
En menos de cinco minutos, ambos estaban en la orilla del río, al lado de un pequeño puente de madera que había para cruzarlo, aunque los dos niños preferían ir saltando de una piedra a otra hasta llegar a la otra orilla.
Se agacharon a beber agua y la niña se quedó mirando su reflejo, pensativa. Se había mojado unos pocos mechones dorados al beber agua y se los colocó descuidadamente detrás de una oreja. Dos ojos azul cielo serios le devolvían la mirada en su reflejo. Tal vez eran demasiado serios para ser todavía una niña. Tenía la cara redonda y muy dulce, lo que junto con su pelo largo y rubio y sus ojos azules, le daba una apariencia de princesita de cuento de hadas; algo que le solían decir a menudo.
"Princesita..." pensó. No era cierto, pero tampoco del todo mentira. Hacía ya muchos años se había decidido en su aldea que el puesto de jefe de la aldea sería compartido por dos personas y heredado por sus hijos, por el simple motivo de que ellos ya crecían viendo a sus padres tomar difíciles decisiones por el bien de la aldea y no había mejor forma de instruirles que el que lo fueran descubriendo ellos poco a poco con el paso de los años antes de que recayera completamente sobre ellos el peso de la aldea.
Su padre era ahora uno de los jefes de la aldea, lo que automáticamente la convertía a ella en futura jefa, una idea que no le agradaba demasiado.
"Al menos no estaré sola" pensó y miró con cariño a Ced, quien estaba sentado a su lado mirando el cielo. Él era el hijo del otro jefe de la aldea de modo que los dos compartían el mismo futuro. Ced solo tenía unos pocos meses más que ella y ambos estaban juntos desde que tenían memoria.
Al darse cuenta de que estaba siendo observado, Ced la miró con sus brillantes ojos verdes y rompió el silencio.
- Ya casi ha anochecido, será mejor que volvamos ya
Sin decir nada más, los dos se levantaron y empezaron a caminar uno al lado del otro sin decir nada, pero solo después de uno minutos Ilia empezó a notar algo extraño. Habían estado muchas veces en el bosque y también anocheciendo, pero esa vez había algo que la molestaba y la inquietaba a su alrededor
- Ced - susurró - Creo que alguien nos está mirando
- No digas tonterías, Ili, somos los únicos que estamos aquí. Nadie viene al bosque tan tarde. Seguro que son imaginaciones tuyas.
- Será eso... - murmuró ella para sí misma, pero sin llegar a creérselo del todo.
No se sintió tranquila hasta que salieron completamente del bosque.
Tardaron quince minutos en llegar a la plaza principal de la aldea donde todavía quedaban varios niños jugando con sus padres vigilándoles.
- ¡Ilia, Ced!
Casi no les hizo ni falta mirar para saber quién era, pero aún así se giraron y vieron a una niña pelirroja gritando mientras corría hacia ellos. Detrás de ella iba otro muchacho, andando y sin armar tanto escándalo
- ¡Hola, July! - saludó Ilia cuando su amiga llegó a su lado - Oye, ¿mis padres...?
- Ha habido suerte, no han venido todavía. Y los tuyos tampoco, Ced
Los dos sonrieron más tranquilos, sus padres les castigarían de por vida si supieran de sus escapadas al bosque, pero por suerte July y Mike, su otro amigo, siempre les cubrían como podían.
- ¿Qué habéis hecho hoy? - preguntó Ced justo cuando Mike llegaba a su lado.
- Lo de siempre - respondió este - Carreras, pilla pilla, escondite... - se encogió de hombros.
- Le he ganado cuatro veces - presumió July
- Y yo a ti ocho.
- Pero te he ganado igualmente
- ¡Pero yo he ganado más veces que tú!
Empezaron a discutir los dos mientras Ced e Ilia se reían viéndoles hasta que finalmente Ilia les interrumpió
- Oye, July, esta noche dormiré en tu casa, ¿verdad?
Juliet, conocida como July por todo el mundo, era la hija del dueño de los establos de la aldea y por eso, vivían al lado de estos. A Ilia le encantaba ir a casa de su amiga y estar las dos juntas cuidando a los caballos.
- ¡Sí! ¿Lo tienes todo listo?
- Solo tengo que ir a mi casa a por el pijama
- Genial, mis padres ya lo han preparado todo en casa.
Los cuatro niños siguieron hablando un poco más y no tardaron mucho en empezar a jugar. Debían aprovechar los años que les quedaban para poder disfrutar sin tener que preocuparse por la guerra.
_____________________________________________________________________
- Hace casi un año que no hemos tenido ningún ataque - dijo Fard, claramente preocupado.
- ¿Y eso no debería ser bueno? - preguntó Lettie, su mujer.
- Es bueno pero...
- Significa que están tramando algo - terminó Siad - ¿Recordáis lo que pasó en la aldea de Liah? Llevaban varios meses sin ningún ataque y poco después quemaron la casa del herrero.
La guerra había comenzado a ser así durante el último medio siglo. Ya no estaban constantemente de batalla en batalla y tenían periodos de paz relativa, pero siempre alguno de los dos bandos necesitaba mostrar su superioridad y atacar a la otra, provocando una nueva batalla y más muertes.
Silvanna suspiró y apoyó la cabeza en sus manos. Antes de casarse con Siad ya sabía que le esperaría una vida así, siempre pendientes de lo que podría pasar en la guerra con los Zunnit. Lo que no se imaginaba es que podría ser tan agotador ver día tras día como la otra raza siempre iba por delante sin que ellos pudieran hacer nada.
- Aquí será igual. Lo único que podemos hacer es tomar todas las medidas de prevención necesarias para que nadie resulte herido.
Herido o algo peor. Nadie lo dijo, pero la idea quedó en el aire. Los cuatro se quedaron callados un momento, no había tampoco nada que decir. Estaban en el desván de la casa de Fard y Lettie, preparado exclusivamente para sus reuniones. Estaba iluminado solo por varias velas y lo único que había era una larga mesa de madera con seis sillas alrededor, cuatro de ellas ocupadas por los dos matrimonios. Lettie no pudo evitar mirar a las dos sillas vacías y pensar que dentro de unos años su hijo e Ilia se tendrían que sentar ahí. Sacudió la cabeza intentando quitarse esa idea de la cabeza, aún quedaba mucho para eso. Pero fue entonces cuando se dio cuenta de que algo faltaba en ese silencio: los gritos de dos niños de diez años jugando en la planta de abajo.
- Ced e Ilia todavía no han vuelto
- Voy a buscarles - dijo Silvanna mientras se levantaba, bastante preocupada por su hija después de oir que pronto podría haber un ataque.
Mientras salía de su casa recordó que le había dicho a Ilia que podría quedarse a dormir en casa de su amiga. Le recorrió un escalofrío por la espalda al pensar en su pequeña lejos de su hogar ahora que podía haber cualquier ataque. En ese mismo momento decidió que no dejaría que Ilia dormiera fuera, no hasta que hubiera pasado esta alerta. Tampoco era que su casa fuera más segura, pero se sentiría más cómoda si su hija dormía en su habitación de siempre.
Llegó a la plaza principal y no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al ver a Ilia y Ced jugando allí. Vio tambien a Diana, la madre de July, sentada en un banco de piedra y se acercó un momento para hablar con ella.
- July, vámonos
Los cuatro niños se giraron, detrás de ellos estaban la madre de Ilia y la de July.
- Todavía es muy pronto...
- No, no lo es. Mike, ven con nosotras, te dejaré en tu casa
Mike asintió con la cabeza tímidamente.
- Será mejor que nosotros también nos vayamos - dijo Silvanna haciéndoles un gesto a Ilia y Ced
- Pero, mamá, me dijiste que...
- Lo sé, cielo, pero hoy no. Otro día será.
Los amigos se despidieron y cada uno se fue hacia su casa. Ced e Ilia caminaban despacio por delante de la madre de ella. La pequeña iba mirando al suelo, desilusionada al saber que no se quedaría a dormir en casa de su amiga. Ced no tardó en darse cuenta y enseguida intentó animarla.
- Oye, Ili... ya que no puedes quedarte a dormir en casa de July, a lo mejor puedes quedarte a dormir en la mía.
Ella levantó la cabeza interesada y se giró para mirar a su madre
- Mamá...
Silvanna lo pensó un momento. Ced vivía justo al lado de su casa, de hecho, la habitación de Ilia y la de él solo estaban separadas por unos pocos metros y solían hablar por la ventana estando cada uno en su habitación.
- Por mi no hay ningún problema - dijo con una sonrisa - pero pregúntaselo primero a tus padres, Ced.
El aludido asintío varias veces con la cabeza y le sonrió a su amiga
- Te echo una carrera a ver quien llega antes
Se miraron y sin decir nada más ambos empezaron a correr a toda velocidad.
- ¿Por qué crees que no me han dejado quedarme en casa de July?
Estaban sentados en la cama de Ced. En el suelo había un colchón cubierto por varias mantas, preparado para que alguien durmiera ahí.
- No lo sé, Ili.Tiene que haber pasado algo. - le contestó Ced, conteniendo un bostezo. - Oye, es tarde, ¿y si dormimos ya?
- Vale.
Ilia se tumbó en el colchón del suelo mientras Ced apagaba la vela que iluminaba su habitación.
- Hasta mañana, Ili
- Hasta mañana.
Lo primero que vio Ilia al despertarse a la mañana siguiente fue a Ced durmiendo en su cama. Sonrió, se levantó silenciosamente y se acercó a él
- ¡Ced, despierta! - le gritó al oído
- Ili... - gruñó él - la próxima vez que me quede a dormir en tu casa o tú en la mía, te haré lo mismo.
- No, no lo harás porque eres un dormilón y yo siempre me despierto antes - dijo ella, riéndo y sacándole la lengua - Venga, vamos a desayunar.
Tiró de él hasta que se levantó y ambos fueron al comedor,. allí estaban Lettie y Silvanna. Los dos se sentaron y empezaron a tomar su desayuno
- ¿Dónde está papá? - preguntó Ced
- Ha tenido que ir un momento al establo con Siad - contestó Lettie
- ¿Ha pasado algo en casa de July? - preguntó Ilia
- Todavía no sabemos nada, hija, tenemos que esperar a que vuelvan
- ¿Han sido los Zunnit? - empezó a preguntar Ced - ¿Ha muerto alguien? ¿Va a haber alguna batalla? ¿¡Podré ir!?
- Deja de hacer preguntas y desayuna - le regañó su madre justo cuando Fard y Siad entraban por la puerta
- ¿Otra vez igual que siempre, Ced? - preguntó Fard, cansado
- ¡Hola, papá! ¿Qué ha pasado? Mamá no me quiere decir nada...
- Ya te enterarás luego, ahora sigue desayunando con Ilia
Les hizo una señal a Lettie y Silvanna para que subieran al desván, dejando solos a Ilia y Ced. Cuando escucharon como se cerraba la puerta del desván, Ced se volvió hacia Ilia con una sonrisa en la cara
- Tú también quieres saber qué ha pasado, ¿verdad?
Asintió con la cabeza y ambos subiero por las escaleras silenciosamente y se apoyaron en la puerta para escucchar lo que decían dentro.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó la madre de Ced
- Mataron a un potro y con su sangre escribieron en una de las camas de su casa que la próxima vez no morirían animales. El colchón tenía clavado en el centro una espada, pero esa noche no dormía nadie allí - explicó Siad
- Por poco - susurró Silvanna
Después hablaron tan bajo que Ilia y Ced no pudieron entender lo que decían, pero habían escuchado lo suficiente. Se quedaron los dos callados un rato, pero poco después Ilia salió corriendo silenciosamente.
- Ilia - susurró Ced preocupado y un segundo después salió corriendo detrás de ella.
La alcanzó prácticamente en la puerta de su casa y la abrazó con fuerza
- Ili... tranquilízate
- Yo iba a dormir allí - dijo entre sollozos, llorando en el brazo de su amigo - Querían matarme
- Pero no lo han conseguido - le acarició la mejilla e hizo que sus miradas se encontraran - Y no va a pasar nunca. Yo siempre cuidaré de ti, te lo prometo
Ella sonrió levemente
- Gracias, Ced - susuró mientras volvía a apoyar la cabeza en el hombro de él.
Tal vez debería tener miedo, cualquier otra niña de 10 años que estuviera sola en un gran bosque y cuando quedaban pocos minutos para que anocheciera, seguramente, tendría miedo. Pero ella no. Conocía aquel bosque como la palma de su mano y sabía con exactitud dónde estaba y como salir de allí. Era una de las ventajas de sus escapadas al bosque desde que tenía unos 5 o 6 años.
Siguió caminando en línea recta, apartando las ramas más bajas de los árboles. No podía estar muy lejos...
- ¿Ced? - preguntó, aunque ya sabía que nadie iba a responder.
Siguió caminando, cada vez con menos esperanzas en encontrarle. Al fin y al cabo, nunca lo hacía. Llegó a un claro y suspiró, se estaba haciendo demasiado tarde y aunque conociera bien el bosque, seguía siendo peligroso estar allí por la noche. Ya sabía que tenía que hacer ahora, aunque saberlo no lo hacía más fácil.
- ¡Ced, me rindo!
Casi al instante escuchó una carcajada proveniente de uno de los arbustos que tenía a su lado y tan solo un segundo después, un despeinado chico con el pelo castaño oscuro corría a su lado.
- ¿Cuánto tiempo has estado siguiéndome? - preguntó ella
- Solo los últimos 5 minutos - contestó Ced, sonriendo. - Después llegaste aquí y, he estado esperando a que te rindieras. Admítelo, nunca me ganarás jugando al escondite en el bosque.
- Eso ya lo veremos... - dijo ella, un poco enfadada por haber vuelto a perder en aquel juego.
- Venga, no te enfades, Ili - le dio un cariñoso golpe en el brazo - Vamos a beber agua al río y volvamos a la aldea antes de que anochezca.
Sin esperar a que contestará, Ced ya empezó a caminar dirección al río y su amiga no tuvo otra opción que seguirle corriendo.
En menos de cinco minutos, ambos estaban en la orilla del río, al lado de un pequeño puente de madera que había para cruzarlo, aunque los dos niños preferían ir saltando de una piedra a otra hasta llegar a la otra orilla.
Se agacharon a beber agua y la niña se quedó mirando su reflejo, pensativa. Se había mojado unos pocos mechones dorados al beber agua y se los colocó descuidadamente detrás de una oreja. Dos ojos azul cielo serios le devolvían la mirada en su reflejo. Tal vez eran demasiado serios para ser todavía una niña. Tenía la cara redonda y muy dulce, lo que junto con su pelo largo y rubio y sus ojos azules, le daba una apariencia de princesita de cuento de hadas; algo que le solían decir a menudo.
"Princesita..." pensó. No era cierto, pero tampoco del todo mentira. Hacía ya muchos años se había decidido en su aldea que el puesto de jefe de la aldea sería compartido por dos personas y heredado por sus hijos, por el simple motivo de que ellos ya crecían viendo a sus padres tomar difíciles decisiones por el bien de la aldea y no había mejor forma de instruirles que el que lo fueran descubriendo ellos poco a poco con el paso de los años antes de que recayera completamente sobre ellos el peso de la aldea.
Su padre era ahora uno de los jefes de la aldea, lo que automáticamente la convertía a ella en futura jefa, una idea que no le agradaba demasiado.
"Al menos no estaré sola" pensó y miró con cariño a Ced, quien estaba sentado a su lado mirando el cielo. Él era el hijo del otro jefe de la aldea de modo que los dos compartían el mismo futuro. Ced solo tenía unos pocos meses más que ella y ambos estaban juntos desde que tenían memoria.
Al darse cuenta de que estaba siendo observado, Ced la miró con sus brillantes ojos verdes y rompió el silencio.
- Ya casi ha anochecido, será mejor que volvamos ya
Sin decir nada más, los dos se levantaron y empezaron a caminar uno al lado del otro sin decir nada, pero solo después de uno minutos Ilia empezó a notar algo extraño. Habían estado muchas veces en el bosque y también anocheciendo, pero esa vez había algo que la molestaba y la inquietaba a su alrededor
- Ced - susurró - Creo que alguien nos está mirando
- No digas tonterías, Ili, somos los únicos que estamos aquí. Nadie viene al bosque tan tarde. Seguro que son imaginaciones tuyas.
- Será eso... - murmuró ella para sí misma, pero sin llegar a creérselo del todo.
No se sintió tranquila hasta que salieron completamente del bosque.
Tardaron quince minutos en llegar a la plaza principal de la aldea donde todavía quedaban varios niños jugando con sus padres vigilándoles.
- ¡Ilia, Ced!
Casi no les hizo ni falta mirar para saber quién era, pero aún así se giraron y vieron a una niña pelirroja gritando mientras corría hacia ellos. Detrás de ella iba otro muchacho, andando y sin armar tanto escándalo
- ¡Hola, July! - saludó Ilia cuando su amiga llegó a su lado - Oye, ¿mis padres...?
- Ha habido suerte, no han venido todavía. Y los tuyos tampoco, Ced
Los dos sonrieron más tranquilos, sus padres les castigarían de por vida si supieran de sus escapadas al bosque, pero por suerte July y Mike, su otro amigo, siempre les cubrían como podían.
- ¿Qué habéis hecho hoy? - preguntó Ced justo cuando Mike llegaba a su lado.
- Lo de siempre - respondió este - Carreras, pilla pilla, escondite... - se encogió de hombros.
- Le he ganado cuatro veces - presumió July
- Y yo a ti ocho.
- Pero te he ganado igualmente
- ¡Pero yo he ganado más veces que tú!
Empezaron a discutir los dos mientras Ced e Ilia se reían viéndoles hasta que finalmente Ilia les interrumpió
- Oye, July, esta noche dormiré en tu casa, ¿verdad?
Juliet, conocida como July por todo el mundo, era la hija del dueño de los establos de la aldea y por eso, vivían al lado de estos. A Ilia le encantaba ir a casa de su amiga y estar las dos juntas cuidando a los caballos.
- ¡Sí! ¿Lo tienes todo listo?
- Solo tengo que ir a mi casa a por el pijama
- Genial, mis padres ya lo han preparado todo en casa.
Los cuatro niños siguieron hablando un poco más y no tardaron mucho en empezar a jugar. Debían aprovechar los años que les quedaban para poder disfrutar sin tener que preocuparse por la guerra.
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- Hace casi un año que no hemos tenido ningún ataque - dijo Fard, claramente preocupado.
- ¿Y eso no debería ser bueno? - preguntó Lettie, su mujer.
- Es bueno pero...
- Significa que están tramando algo - terminó Siad - ¿Recordáis lo que pasó en la aldea de Liah? Llevaban varios meses sin ningún ataque y poco después quemaron la casa del herrero.
La guerra había comenzado a ser así durante el último medio siglo. Ya no estaban constantemente de batalla en batalla y tenían periodos de paz relativa, pero siempre alguno de los dos bandos necesitaba mostrar su superioridad y atacar a la otra, provocando una nueva batalla y más muertes.
Silvanna suspiró y apoyó la cabeza en sus manos. Antes de casarse con Siad ya sabía que le esperaría una vida así, siempre pendientes de lo que podría pasar en la guerra con los Zunnit. Lo que no se imaginaba es que podría ser tan agotador ver día tras día como la otra raza siempre iba por delante sin que ellos pudieran hacer nada.
- Aquí será igual. Lo único que podemos hacer es tomar todas las medidas de prevención necesarias para que nadie resulte herido.
Herido o algo peor. Nadie lo dijo, pero la idea quedó en el aire. Los cuatro se quedaron callados un momento, no había tampoco nada que decir. Estaban en el desván de la casa de Fard y Lettie, preparado exclusivamente para sus reuniones. Estaba iluminado solo por varias velas y lo único que había era una larga mesa de madera con seis sillas alrededor, cuatro de ellas ocupadas por los dos matrimonios. Lettie no pudo evitar mirar a las dos sillas vacías y pensar que dentro de unos años su hijo e Ilia se tendrían que sentar ahí. Sacudió la cabeza intentando quitarse esa idea de la cabeza, aún quedaba mucho para eso. Pero fue entonces cuando se dio cuenta de que algo faltaba en ese silencio: los gritos de dos niños de diez años jugando en la planta de abajo.
- Ced e Ilia todavía no han vuelto
- Voy a buscarles - dijo Silvanna mientras se levantaba, bastante preocupada por su hija después de oir que pronto podría haber un ataque.
Mientras salía de su casa recordó que le había dicho a Ilia que podría quedarse a dormir en casa de su amiga. Le recorrió un escalofrío por la espalda al pensar en su pequeña lejos de su hogar ahora que podía haber cualquier ataque. En ese mismo momento decidió que no dejaría que Ilia dormiera fuera, no hasta que hubiera pasado esta alerta. Tampoco era que su casa fuera más segura, pero se sentiría más cómoda si su hija dormía en su habitación de siempre.
Llegó a la plaza principal y no pudo evitar soltar un suspiro de alivio al ver a Ilia y Ced jugando allí. Vio tambien a Diana, la madre de July, sentada en un banco de piedra y se acercó un momento para hablar con ella.
- July, vámonos
Los cuatro niños se giraron, detrás de ellos estaban la madre de Ilia y la de July.
- Todavía es muy pronto...
- No, no lo es. Mike, ven con nosotras, te dejaré en tu casa
Mike asintió con la cabeza tímidamente.
- Será mejor que nosotros también nos vayamos - dijo Silvanna haciéndoles un gesto a Ilia y Ced
- Pero, mamá, me dijiste que...
- Lo sé, cielo, pero hoy no. Otro día será.
Los amigos se despidieron y cada uno se fue hacia su casa. Ced e Ilia caminaban despacio por delante de la madre de ella. La pequeña iba mirando al suelo, desilusionada al saber que no se quedaría a dormir en casa de su amiga. Ced no tardó en darse cuenta y enseguida intentó animarla.
- Oye, Ili... ya que no puedes quedarte a dormir en casa de July, a lo mejor puedes quedarte a dormir en la mía.
Ella levantó la cabeza interesada y se giró para mirar a su madre
- Mamá...
Silvanna lo pensó un momento. Ced vivía justo al lado de su casa, de hecho, la habitación de Ilia y la de él solo estaban separadas por unos pocos metros y solían hablar por la ventana estando cada uno en su habitación.
- Por mi no hay ningún problema - dijo con una sonrisa - pero pregúntaselo primero a tus padres, Ced.
El aludido asintío varias veces con la cabeza y le sonrió a su amiga
- Te echo una carrera a ver quien llega antes
Se miraron y sin decir nada más ambos empezaron a correr a toda velocidad.
- ¿Por qué crees que no me han dejado quedarme en casa de July?
Estaban sentados en la cama de Ced. En el suelo había un colchón cubierto por varias mantas, preparado para que alguien durmiera ahí.
- No lo sé, Ili.Tiene que haber pasado algo. - le contestó Ced, conteniendo un bostezo. - Oye, es tarde, ¿y si dormimos ya?
- Vale.
Ilia se tumbó en el colchón del suelo mientras Ced apagaba la vela que iluminaba su habitación.
- Hasta mañana, Ili
- Hasta mañana.
Lo primero que vio Ilia al despertarse a la mañana siguiente fue a Ced durmiendo en su cama. Sonrió, se levantó silenciosamente y se acercó a él
- ¡Ced, despierta! - le gritó al oído
- Ili... - gruñó él - la próxima vez que me quede a dormir en tu casa o tú en la mía, te haré lo mismo.
- No, no lo harás porque eres un dormilón y yo siempre me despierto antes - dijo ella, riéndo y sacándole la lengua - Venga, vamos a desayunar.
Tiró de él hasta que se levantó y ambos fueron al comedor,. allí estaban Lettie y Silvanna. Los dos se sentaron y empezaron a tomar su desayuno
- ¿Dónde está papá? - preguntó Ced
- Ha tenido que ir un momento al establo con Siad - contestó Lettie
- ¿Ha pasado algo en casa de July? - preguntó Ilia
- Todavía no sabemos nada, hija, tenemos que esperar a que vuelvan
- ¿Han sido los Zunnit? - empezó a preguntar Ced - ¿Ha muerto alguien? ¿Va a haber alguna batalla? ¿¡Podré ir!?
- Deja de hacer preguntas y desayuna - le regañó su madre justo cuando Fard y Siad entraban por la puerta
- ¿Otra vez igual que siempre, Ced? - preguntó Fard, cansado
- ¡Hola, papá! ¿Qué ha pasado? Mamá no me quiere decir nada...
- Ya te enterarás luego, ahora sigue desayunando con Ilia
Les hizo una señal a Lettie y Silvanna para que subieran al desván, dejando solos a Ilia y Ced. Cuando escucharon como se cerraba la puerta del desván, Ced se volvió hacia Ilia con una sonrisa en la cara
- Tú también quieres saber qué ha pasado, ¿verdad?
Asintió con la cabeza y ambos subiero por las escaleras silenciosamente y se apoyaron en la puerta para escucchar lo que decían dentro.
- ¿Qué ha pasado? - preguntó la madre de Ced
- Mataron a un potro y con su sangre escribieron en una de las camas de su casa que la próxima vez no morirían animales. El colchón tenía clavado en el centro una espada, pero esa noche no dormía nadie allí - explicó Siad
- Por poco - susurró Silvanna
Después hablaron tan bajo que Ilia y Ced no pudieron entender lo que decían, pero habían escuchado lo suficiente. Se quedaron los dos callados un rato, pero poco después Ilia salió corriendo silenciosamente.
- Ilia - susurró Ced preocupado y un segundo después salió corriendo detrás de ella.
La alcanzó prácticamente en la puerta de su casa y la abrazó con fuerza
- Ili... tranquilízate
- Yo iba a dormir allí - dijo entre sollozos, llorando en el brazo de su amigo - Querían matarme
- Pero no lo han conseguido - le acarició la mejilla e hizo que sus miradas se encontraran - Y no va a pasar nunca. Yo siempre cuidaré de ti, te lo prometo
Ella sonrió levemente
- Gracias, Ced - susuró mientras volvía a apoyar la cabeza en el hombro de él.
viernes, 8 de noviembre de 2013
Analya. Introducción
Cuenta una leyenda sobre una antigua tierra en la que no había altos edificios ni carreteras y mucho menos objetos electrónicos, pero en la que la magia era algo habitual. Esta tierra se llamaba Analya.
En este lugar había una gran variedad de criaturas, pero solo eran cuatro las distintas razas pensantes que gobernaban Analya.
Los Narz eran criaturas de aspecto andrógino, que tenían tanto la piel como el cabello verde y, además de pelo, también tenían algunas hojas en sus cabezas. Sus manos eran alargadas y con hábiles dedos. Para ellos no existía nada más importante que la naturaleza y el equilibrio en el mundo. Eran los mejores cazadores de Analya ya que se fundían con el entorno en los bosques
Los Wial, seres de caras alargadas y pequeños ojos completamente blancos. Su piel es de color azul o grisáceo y el cabello largo y plateado. Su visión es bastante reducida, pero son los más sabios de toda Analya.
Las otras dos razas, aunque parecidas físicamente, eran completamente opuestas en lo demás. Eran los Zunnit y los Yalet.
Ambas razas tenían la apariencia de lo que ahora entenderíamos por un humano normal, la única diferencia estaba en que los Zunnit tenían tantos los ojos como el pelo completamente negros y los Yalet los podían tener de distintos colores.
Pero como ya dije antes, era lo único en lo que se parecían. Los Zunnit tendían a ser desconfiados y estaban todos muy unidos entre los de su propia raza, aunque no tanto con las demás. Por otro lado, los Yalet no estaban tan unidos entre ellos y por lo general eran demasiado orgullosos como para reconocer sus errores.
En un principio, estas cuatro razas convivían en paz y armonía en la Ciudad, un gran conjunto de casas, comercios y otros edificios protegidos por unas murallas. De entre todos los edificios, destacaba el del Consejo, hecho todo de cristal y estaba situado en el centro de la Ciudad. Allí se reunían los líderes de cada una de las razas y tomaban las decisiones que fueran mejores para la Ciudad.
Era un lugar plácido y tranquilo. Las distintas razas convivían y aprendían los unos de los otros. En Analya cualquier criatura tenía algo de magia en su interior y era decisión del propio individuo si quería desarrollarla o no. La mayoría apenas aprendían un par de “trucos” que les serían útiles, pero había quienes nacían con un don y conseguían dominar las artes mágicas a la perfección. Estos seres eran los hechiceros, solían vivir apartados de los demás y muy pocos sabían algo personal sobre ellos; sin embargo, eran muy apreciados en toda la Ciudad.
Todo parecía ir bien, la Ciudad parecía ser el mejor lugar en el que nadie pudiera vivir, sin embargo la paz que allí había no tardó mucho en desaparecer...
Nadie sabe exactamente como empezó todo, ni quién fue el verdadero culpable, el caso es que cada vez eran más frecuentes las discusiones y peleas entre los Yalet y los Zunnit. Peleas que fueron volviéndose cada vez más graves, quedándose marcadas en la memoria de ambas razas, aumentando su rencor.
La guerra empezó con el primer asesinato. Un joven Yalet apareció muerto una mañana en una de las plazas principales. Fue todo un escándalo para una ciudad en la que todos vivían en una supuesta paz. Sin ninguna prueba de su parte, los Yalet acusaron a los Zunnit de la muerte y ellos lo negaron repetidas veces. Los enfrentamientos se volvieron más duros y cada vez ocurrían con más frecuencia. La muerte de aquel chico solo fue la primera de muchas otras.
Finalmente, los jefes de los Narz y los Wial llegaron a la conclusión de que no podían permitir que las dos razas destruyeran la Ciudad entera de modo que les dieron un ultimátum: o abandonaban su guerra, o tendrían que marcharse fuera de la Ciudad.
No mucho después tanto Yalet como Zunnit estaban yéndose de la Ciudad. Solo quedaron unos pocos en la Ciudad, los que habían decidido dejar atrás sus diferencias para seguir viviendo en paz.
Los Zunnit fueron a la zona montañosa más allá de las murallas de la ciudad y allí establecieron un gran poblado con todos los Zunnit que apoyaban la guerra y un castillo en el que vivían sus principales jefes y soldados.
Por su parte, los Yalet prefirieron las tierras llanas y cercanas a los bosques. Allí crearon pequeñas aldeas dirigidas cada una de una forma distinta, pero todas se reunían periódicamente para ir a batallas o planear su siguiente movimiento en la guerra.
Los Narz y los Wial no interfirieron en la guerra de las otras dos razas. Lo único que hicieron fue ir cada cierto tiempo tanto a las aldeas Yalet como al castillo Zunnit, pidiéndoles a los jefes que cesaran de una vez con su, desde el punto de vista de las otras razas, estúpida guerra.
Nuestra historia empieza aproximadamente un siglo después del inicio de la guerra...
En este lugar había una gran variedad de criaturas, pero solo eran cuatro las distintas razas pensantes que gobernaban Analya.
Los Narz eran criaturas de aspecto andrógino, que tenían tanto la piel como el cabello verde y, además de pelo, también tenían algunas hojas en sus cabezas. Sus manos eran alargadas y con hábiles dedos. Para ellos no existía nada más importante que la naturaleza y el equilibrio en el mundo. Eran los mejores cazadores de Analya ya que se fundían con el entorno en los bosques
Los Wial, seres de caras alargadas y pequeños ojos completamente blancos. Su piel es de color azul o grisáceo y el cabello largo y plateado. Su visión es bastante reducida, pero son los más sabios de toda Analya.
Las otras dos razas, aunque parecidas físicamente, eran completamente opuestas en lo demás. Eran los Zunnit y los Yalet.
Ambas razas tenían la apariencia de lo que ahora entenderíamos por un humano normal, la única diferencia estaba en que los Zunnit tenían tantos los ojos como el pelo completamente negros y los Yalet los podían tener de distintos colores.
Pero como ya dije antes, era lo único en lo que se parecían. Los Zunnit tendían a ser desconfiados y estaban todos muy unidos entre los de su propia raza, aunque no tanto con las demás. Por otro lado, los Yalet no estaban tan unidos entre ellos y por lo general eran demasiado orgullosos como para reconocer sus errores.
En un principio, estas cuatro razas convivían en paz y armonía en la Ciudad, un gran conjunto de casas, comercios y otros edificios protegidos por unas murallas. De entre todos los edificios, destacaba el del Consejo, hecho todo de cristal y estaba situado en el centro de la Ciudad. Allí se reunían los líderes de cada una de las razas y tomaban las decisiones que fueran mejores para la Ciudad.
Era un lugar plácido y tranquilo. Las distintas razas convivían y aprendían los unos de los otros. En Analya cualquier criatura tenía algo de magia en su interior y era decisión del propio individuo si quería desarrollarla o no. La mayoría apenas aprendían un par de “trucos” que les serían útiles, pero había quienes nacían con un don y conseguían dominar las artes mágicas a la perfección. Estos seres eran los hechiceros, solían vivir apartados de los demás y muy pocos sabían algo personal sobre ellos; sin embargo, eran muy apreciados en toda la Ciudad.
Todo parecía ir bien, la Ciudad parecía ser el mejor lugar en el que nadie pudiera vivir, sin embargo la paz que allí había no tardó mucho en desaparecer...
Nadie sabe exactamente como empezó todo, ni quién fue el verdadero culpable, el caso es que cada vez eran más frecuentes las discusiones y peleas entre los Yalet y los Zunnit. Peleas que fueron volviéndose cada vez más graves, quedándose marcadas en la memoria de ambas razas, aumentando su rencor.
La guerra empezó con el primer asesinato. Un joven Yalet apareció muerto una mañana en una de las plazas principales. Fue todo un escándalo para una ciudad en la que todos vivían en una supuesta paz. Sin ninguna prueba de su parte, los Yalet acusaron a los Zunnit de la muerte y ellos lo negaron repetidas veces. Los enfrentamientos se volvieron más duros y cada vez ocurrían con más frecuencia. La muerte de aquel chico solo fue la primera de muchas otras.
Finalmente, los jefes de los Narz y los Wial llegaron a la conclusión de que no podían permitir que las dos razas destruyeran la Ciudad entera de modo que les dieron un ultimátum: o abandonaban su guerra, o tendrían que marcharse fuera de la Ciudad.
No mucho después tanto Yalet como Zunnit estaban yéndose de la Ciudad. Solo quedaron unos pocos en la Ciudad, los que habían decidido dejar atrás sus diferencias para seguir viviendo en paz.
Los Zunnit fueron a la zona montañosa más allá de las murallas de la ciudad y allí establecieron un gran poblado con todos los Zunnit que apoyaban la guerra y un castillo en el que vivían sus principales jefes y soldados.
Por su parte, los Yalet prefirieron las tierras llanas y cercanas a los bosques. Allí crearon pequeñas aldeas dirigidas cada una de una forma distinta, pero todas se reunían periódicamente para ir a batallas o planear su siguiente movimiento en la guerra.
Los Narz y los Wial no interfirieron en la guerra de las otras dos razas. Lo único que hicieron fue ir cada cierto tiempo tanto a las aldeas Yalet como al castillo Zunnit, pidiéndoles a los jefes que cesaran de una vez con su, desde el punto de vista de las otras razas, estúpida guerra.
Nuestra historia empieza aproximadamente un siglo después del inicio de la guerra...
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